VIVIR
Ninguno de nosotros puede escoger las circunstancias que rodean a nuestra vida, pero si podemos elegir nuestras actitudes ante lo que nos sucede.
Puede que te parezca difícil saber si tu actitud es buena o no, pero hay un ejercicio muy sencillo para desenmascarar nuestros propios pensamientos. Es la manera en la que nos expresamos.
Cuando alguien nos pregunta qué vamos a hacer, hay dos maneras de responder:
la primera “voy a…” (trabajar, viajar, llevar a cabo un plan, hacer algo, etc.)
La segunda “tengo que…”
Puede que nos parezca lo mismo, pero es muy diferente pensar “voy a trabajar” con el entusiasmo propio de alguien que le gusta lo que va a hacer, o “tengo que” con el desánimo de uno que hace algo por obligación.
Como casi siempre, nosotros escogemos lo que queremos hacer.
Nosotros decidimos si seguimos con la ilusión de la vida, buscando una salida, amando cada momento que tenemos y disfrutando de cada minuto que Dios nos regala… o decidimos si tomamos todo como una obligación, con la desidia y el desánimo de quién parece que lo sobra todo, o no tiene ilusión por nada.
Muchas veces nuestra propia actitud puede modificar las circunstancias, porque el entusiasmo que ponemos en las cosas determina, en un gran número de ocasiones, las soluciones que encontramos a esos mismos problemas.
Si en lugar de pensar sólo en las dificultades, en lo imposible, o en lo que otros nos pueden decir, nos entusiasmamos con lo que estamos haciendo, aunque sea o parezca muy sencillo, no sólo nuestra vida merecerá la pena, sino que también vamos a entusiasmar a los demás.
De todas maneras, no te engañes: No todo en la vida se transforma con un cambio de actitud. Hay que seguir luchando, e incluso así, a veces las cosas no salen como queremos. Pero lo que si cambia es nuestro corazón y nuestro entusiasmo. Y siempre es mucho mejor vivir entusiasmados que dejarse llevar. Por lo menos, vemos las cosas de otra manera.
Comentarios
Publicar un comentario